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Benjamín Carrión (1897, Loja, Ecuador - 1979, Quito, Ecuador)

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Par   •  18 Mars 2026  •  Compte rendu  •  2 805 Mots (12 Pages)  •  15 Vues

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ATAHUALLPA (1934)

Benjamín Carrión (1897, Loja, Ecuador - 1979, Quito, Ecuador)

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Fuentes:

https://dn790003.ca.archive.org/0/items/AtahuallpaBenjaminCarrion/Atahuallpa%20-%20Benjamin%20Carrion.pdf

(página 53 a 60)

Preparábanse todos generalmente para el Raymi del Sol con ayuno riguroso, que en tres días no comían sino un poco de maíz blanco crudo y unas pocas hierbas que llaman chucam, y agua simple. En todo este tiempo no encendían fuego en toda la ciudad y se abstenían de dormir con sus mujeres.

El Inca Garcilaso de la Vega

Los Comentarios Reales

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       ara implorar el auxilio de la divinidad, para obtener que la claridad del sol ilumine el pensamiento de los amautas y de los sacerdotes, tres días antes de aquel en que se había de producir el augurio, el inca, sabiendo llegada la época del Intip-Raymi -la pascua del Sol- ordenó un ayuno general -en el que solo era permitido mascar unos granos de maíz y unas hojas de coca— a todos los moradores de las llactas y marcas aledañas de Quito y, según los ritos tradicionales, dispuso que, durante esos tres días no se hiciera lumbre en ninguna casa de habitación ni lugar público, a fin de que el fuego que viniera a iluminar la tierra fuera encendido directamente por el padre Sol; ni se tuviera unión carnal con las mujeres

Cumplidos los tres días de ayuno, de ausencia de fuego y de amor, en la madrugada del cuarto el inca ordenó que todos los apus, los sinches, los amautas, los sacerdotes, los curacas de las parcialidades cercanas, el pueblo todo, de Añaquito hasta Cotoc-Collao, se congregaran en la cumbre del Yavirac, parados de sus mejores galas, y cada clase con el distintivo particular que, desde las épocas de Manco-Cápac, les había sido concedido.

Iba a realizarse la salutación y el ofertorio al Sol, rito indispensable para ganar la gracia, para purificarse, para merecer que la iluminación solar ayude al Vilac-Umu y a los amautas a decir el augurio. Rito que, ordinariamente, se celebraba en el equinoccio de verano en Quito y que esta vez coincidió con uno de los anuncios de aparición de los hombres blancos y barbudos por el río de las Piedras Verdes.

Llegado el momento, cuando apenas unos rayos cárdenos insinuaban el sitio de la gloriosa aparición solar, el inca, que había pasado la noche en insomnio, encuclillado bajo su rico y pesado poncho de vicuña, masticando incansablemente, con sus dientes blancos, grandes y filudos, las hojas de la hierba sagrada del descanso y la iluminación, la coca de los bosques, se irguió lentamente y salió a la puerta del aposento imperial, situado en Tioc-tiuc, muy cerca de la colina de Yavirac, donde se hallaba el templo. Fuera lo aguardaba ya, silenciosa, grave, la muchedumbre convocada.

Con las muestras más rendidas de humilde acatamiento se acercaron al inca los sacerdotes -que se los distinguía por el disco de oro, representando al sol, que llevaban prendido en el pecho-precedidos por el Vilac-Umu, augur supremo y Sumo Sacerdote. Venían luego los ayllu-camáyoc, cuya indumentaria e insignias se parecían más a las del inca, a medida que estaban más próximos a él por la sangre y por la divinidad. Allí están los que, por distinción altísima, han merecido el privilegio de cortar sus cabellos con "navajas de pedernal"; los que, igual que el inca, tienen las orejas horadadas y son más grandes en posición oficial mientras más grande tienen el horamen, por los pesos que han soportado, en los zarcillos de oro; luego aquellos que por merced imperial pueden adornarse con la sagrada trenza de lana en la cabeza, el llautu incásico; solamente que, a diferencia del inca, cuya borla está tejida con lanas de todos los colores, los magnates solo pueden usarla, de color negro. Por último, los pobladores de ayllus cercanos que, durante los tres días de ayuno, han podido llegar hasta Quito: desde las alturas del Rumiñahua, el Pasochoa, el Sincholagua; del valle enorme y frío de Puichig, de Güitig y Machachi; de la llanura tibia que se extiende a los pies del Ylaló; los de Cotoc-Collao; los de las faldas del Rucu y del Guaguapichincha.

Diez y seis indios, uno por cada marca de las más cercanas, se adelantan hasta los pies del inca, portando la litera real, "aforrada de plumas de papagayo de muchos colores, guarnecida de chapas de oro y plata". Luego, ocho indios acercan otra litera, de madera y pieles, para el Vilac-Umu. Finalmente, una litera descubierta, forrada de oro y pieles, llevada también por ocho indios, para el hijo preferido del inca y de la sola y única reina de estos reinos: Atahuallpa.

Cuando subió Huayna-Cápac a la litera imperial, "como tallos de maíz abatidos por la tempestad", los indios se abaten contra el suelo, las rodillas en tierra, la cabeza inclinada, y elevan luego, en suprema reverencia, solo dirigida al padre Sol y a sus hijos los incas, las manos hacia arriba.

Los portadores de la litera del inca visten largos ponchos blancos y cada uno, según su nacionalidad, lleva más o menos alto en recorte del pelo y más o menos largas las orejas. Amautas y sacerdotes jóvenes llevan la litera del Vilac-Umu. Hijos de curacas de los pueblos cercanos, en premio a su valor y a su virtud, han merecido ser los portadores de la litera de Atahuallpa.

Dio el inca la señal de marcha. Le preceden, antes que nadie, los servidores del camino: un centenar de indios jóvenes cuya misión es ir limpiando de piedras, de ramas y hasta de hojas la ruta que debe seguir la imperial comitiva y alfombrarla de flores. Son luego los danzantes: indios adolescentes, casi niños, ceñidos de cinturones de plumas de diversos colores, traídas desde Papa-llacta; y tocados de diademas de plumas multicromas; asimismo sus brazos están cuajados de pulseras hechas con pequeños discos de plata y oro, ensartados; y sus tobillos están también adornados con ajorcas hechas de rodelas metálicas. Suenan los pingullos en la fila inicial, y al ritmo monótono de una música desolada, comienza la danza, una danza hecha de saltitos cortos, alternados con vueltas que sacuden pulseras y ajorcas, produciendo un ruido estridente y metálico.

Cuando se inicia la marcha —a una señal del inca— los danzantes arrecian sus pasos y sus sones. Avanzan precipitadamente algunos metros, luego regresan hasta casi rozar la litera imperial, y nuevamente, en saltitos precipitados y nerviosos, avanzan hacia el frente. Y así durante todo el día.

Rodean la litera del inca los sinches, los apus y los parientes del emperador. Al Vilac-Umu, los amautas y los sacerdotes. Y al shyri de los caras rodéanlo los curacas de los hatun cercanos y los generales del imperio que lo tenían en predilección. Después, todo el pueblo.

Desde la pequeña planicie que se forma en la ladera de Tioc-tiuc, en donde se halla la residencia imperial, el cortejo inmenso se dirige hasta las alturas de Yavirac, donde está el templo del Sol, y desde cuya plaza podrá el inca, antes que ninguno de los hombres, ver la aparición de su padre el Sol.

Muchos pasos hay que dar hasta llegar a la numa sagrada. Muchas vueltas tienen que hacer los danzantes delante de la litera del inca. El cielo empalidece ya por las alturas de Itchinbía y al sol, aún ausente, ribetea ya de oro algunas nubes cercanas el corte del horizonte. La colina sagrada está aún en tinieblas. La gran serpiente humana, de cabeza cascabeleante, ha dado siete vueltas a la espiral que conduce hasta el templo; las tres literas han coronado ya la cima. Todo el horizonte se ha aclarado. El Pichincha recibe en sus cumbres agrias y hoscas las primeras miradas del sol.

La última genuflexión de los danzantes. En el centro de la inmensa plaza, cuyo telón de fondo es el templo, los cargadores de las literas, suavemente, echan rodilla a tierra. Luego, más suavemente aún, depositan la sagrada carga. Cuando el inca, el Vilac-Umu y Atahuallpa ponen pies en tierra, toda la muchedumbre se doblega otra vez "como tallos de maíz abatidos por la tempestad". Se encuclillan también Atahuallpa y el Sumo Sacerdote. Queda en pie únicamente —con la mirada baja, las manos extendidas y levantadas en alto— Huayna-Cápac, el hijo del Sol, que avanza majestuosamente algunos pasos en dirección de Levante, en diálogo supremo con su padre, que comienza ya a asomar.

En ese instante máximo, en que las cimas neblinosas y la lobreguez de todas las quiebras del Pichincha y los valles todos que se dominan desde el Yavirac, se iluminan en un milagroso despertar andino; suenan en estrépito delirante las flautas, los cascabeles y los tambores de los danzantes. La muchedumbre inmensa, de hombres y mujeres que ha seguido el cortejo, y a la cual el sol enciende de policromías sorprendentes, se ovilla más aún contra la tierra para sí, inerme, rendida, anonadada, ser más digna del saludo del dios.

Para este gran Intip-Raimy, preñado de augurios desconcertantes y tremendos, Huayna-Cápac se ha revestido de toda la fastuosidad del incario, de todas las insignias sagradas, para así hallarse más cercano y más digno de escuchar las revelaciones de su padre el Sol. Lleva un vestido hecho en tejido finísimo, de lana de las vicuñas del Cuzco, mezclada con hilos de oro. Sus orejas están agrandadas por pendientes enormes también de oro. Ha cuajado sus brazos de pulseras; sobre el cuello lleva el peso de collares y cadenas de oro y grandes esmeraldas. Su cabeza está ceñida de la trenza de lana, de donde cuelga la borla de muchos colores, insignia máxima de su estirpe solar. La diadema de oro a la cual están sujetas las plumas de Coraquenque -el pájaro sagrado que debía dar sus plumas para un solo emperador y luego morir— completa la indumentaria rutilante del gran inca.

El Vilac-Umu, en actitud humilde, cargada su espalda del peso ritual que debe mantenerlo agobiado, como a todos los grandes del imperio, en presencia del hijo del Sol; acercó hasta poner a cada lado del monarca dos pondos de barro decorado, rebosante de chicha de jora el uno y vacío el otro; y luego presentóle la chicha en dos grandes vasos de oro.

El inca tomó en sus manos las cántaras repletas y, elevándolas en alto, ofreció al Sol el contenido de la que tenía en su mano derecha, rogándole que lo aceptara y lo vertió luego en el pondo vacío que, por una comunicación de un canal subterráneo lo llevaría hasta la casa del Sol, en el interior del templo. Del vaso que tiene en su mano izquierda, bebe el inca un trago, "que era su parte" y luego lo va ofreciendo a todos, comenzando por su hijo Atahuallpa y el Sumo Sacerdote. Cada apu de sangre imperial —pues solo ellos, sangre del Sol mismo, según la tradición de Manco-Cápac podían beber del licor santificado por el ofertorio al dios-. Cada apu de sangre imperial recibió su parte de chicha en vasos pequeños de oro o de plata, que llevaba consigo cada uno para el rito; y si el licor del vaso original, consagrado y divino por haber sido elevado hasta el sol y por haber puesto en él sus labios el inca se concluía, el mismo emperador volvía a llenarlo, hasta que les haya tocado su porción a todos.

A los curacas de los hatun cercanos, a los llacta-camáyoc que habían podido asistir a esta Intip-Raimy, y que por no ser de sangre del Sol no eran dignos de tomar la chicha de los vasos imperiales; Atahuallpa les entregó otras cántaras repletas de chicha también, hecha por las pallas de estirpe cara; y mientras recorría a las gentes que no estaban unidas al grupo central — reservado únicamente a la parentela del Sol— y les hacía don de cántaras de chicha, el joven nieto de Cacha y de Hualcopo, hijo de la reina legítima de aquellas naciones, era acogido con muestras de cariño y sumisión iguales a las que habían hecho al inca. Solo diferentes en el fervor de simpatía, una especie como de rabioso amor que sentían hacia este inca quiteño que para ellos —pueblos dominados— no solo significaba una esperanza de liberación, sino una esperanza de desquite triunfante sobre sus conquistadores. Pues era sabido entre todos los pueblos sometidos -desde los tulcanes a los guancabambas— que Huayna-Cápac, que amaba a Atahuallpa más que a todos sus hijos bastardos y legítimos, y que lo creía mucho más digno de heredar el imperio que su primogénito, esperaba sólo una invitación del Sol, la interpretación favorable de un augurio, para designar como su sucesor al hijo de la princesa de los quitus.

Atahuallpa conocía y estimulaba estos movimientos de su pueblo. Y entonces su gran astucia, en todo momento, se empleaba en armonizar sus actos exagerados y constantes de sumisión y amor a su padre Huayna-Cápac, con los sentimientos regionales aún indómitos de las naciones sobre las cuales había reinado la estirpe de su madre.

Desde el sitio donde se realizó el saludo y el ofertorio al Sol, una vez que las libaciones sagradas hubieron concluido, Huayna-Cápac se adelantó majestuosamente hacia el templo, siempre con los brazos en alto. Lo seguían de bastante cerca el Sumo Sacerdote, Atahuallpa, los otros hijos del emperador y todos los príncipes de sangre solar. Sólo el inca llegó hasta el templo sin descalzarse sus sandalias. Cuando el hijo del Sol puso su pie derecho en la tierra consagrada, todos los del grupo que le seguían descalzaron sus pies y caminaron así muchos pasos hasta llegar a la casa del Sol. Dentro ya del templo, Huayna-Cápac ofreció a su padre el Sol los dos vasos de oro en que hizo el ofertorio. Los otros príncipes de vasallos o de corte entregaron a los sacerdotes los vasos de oro en que habían hecho la libación ritual, para que fueran todos depositados frente al gran disco de oro —casi tan grande como el de Cori-Cancha- con la imagen del Sol.

Cuando los Huillca-cuna y los Umu-cuna concluyeron de recibir y depositar ante el Sol los vasos del ritual, salieron a las puertas del templo para recibir también las ofrendas que, desde marcas cercanas —y aun lejanas— han traído los mitimaes, esos indios tristes, trasplantados de sus lejanas pachas, que vienen a conquistar la gracia del Sol para el retorno imposible.

Después de la ofrenda, se organizaron nuevamente los grupos en sus sitios, por ayllus, fuera ya todos del santuario. El inca, en medio de la plaza, se ha sentado en el sillón de oro macizo de su litera imperial, rodeado de los apus y de los sacerdotes. Ha llegado la hora de los sacrificios augúrales y de interrogar al Sol, por medio de las vísceras de animales tomados en sus propios rebaños, si se hallaba contento o descontento de sus hijos; si se avecinaban para ellos días alegres o tristes.

Hasta la piedra de los sacrificios, que está delante del trono del inca, los sacerdotes jóvenes acercan al Vilac-Umu, provisto de su puñal de piedra, una oveja machorra, cuyo vientre debe ser abierto para ver dentro las entrañas "no acabadas de morir". Para los sacrificios del ritual incásico debían escogerse solo a las hembras estériles. Las hembras fecundas son eslabones de la cadena de la especie. Su mensaje lo dicen al parir y entregar al Sol y la tierra nuevas voces y nuevas vidas, prolongación de la suya. Las hembras estériles, en cambio, son un final de estirpe. Su mensaje lo llevan dentro de ellas mismas. Por medio de sus entrañas palpitantes, pero ya inhábiles para perpetuar la vida, habla el Sol a sus hijos. La verdadera voz del Sol está al final.

Alrededor del Vilac-Umu, pero a respetuosa distancia del inca, todos los jefes, los sacerdotes jóvenes y los amautas, se estrechan para estar más cerca de la víctima en el momento del sacrificio, y descubrir con mayor certidumbre el augurio, la voluntad del Sol en las entrañas palpitantes.

El lenguaje del Sol es conocido por los iniciados: los amautas, los quipu-camáyoc y los sacerdotes. Si los pulmones saltan palpitantes y las venillas y canales que conducen el aire hasta ellos están hinchados, el augurio es feliz. Es triste el augurio si la bestia sacrificada, violentando a los que la sujetan, se pone en pie durante el sacrificio. Lo es malo también cuando, al realizar el sacrificio, se hallan roto el corazón o los pulmones.

Rompió el Vilac-Umu con su puñal de pedernal la piel de la oveja machorra. La bestia, en un desesperado esfuerzo, logró liberar sus patas delanteras, y al penetrar el pedernal, por la fuerza del animal herido, se ha destrozado el corazón.

El augurio es, pues, triste. El padre Sol no está contento de sus hijos...

La fiesta del Intip-Raimy, como era de rito, continuó sin embargo. El Vilac-Umu, los amautas, los quipu-camáyac, precedidos por el inca, se retiraron al interior del templo. Van a interpretar el augurio, a descifrar la voz del Sol.

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